Emeterio Gómez
El Universal
No me mueve a escribirte, hermano, la defensa der Conde del Guácharo, de quien no tengo el menor conocimiento y, sobre todo, respecto de quien, la sola idea de que pueda ser un montaje del G2 cubano, me produce escalofríos. Me mueve a hacerlo esa definición tuya de la política que me descuadró todo. Eso de creer que ella es: “cosa de proyectos, de vocación vital, de caminos recorridos, de larga y dilatada militancia en ideas, de reflexión profunda sobre el destino del hombre”.
Una hermosa y adecuada definición de la política para cualquier sociedad que comparta esa “reflexión profunda sobre el destino del hombre”. Cualquiera que no sea la Grecia de hace 2400 años. Porque fue sin duda el rechazo a las ideas profundas –pero ilusas– que de la política tenía nada más y nada menos que Platón lo que llevó a los atenienses a no pararle, en ese terreno, al gran filósofo.
Y lo que hace que al amor, cuando es demasiado “puro” o ingenuo, se lo llame platónico. El mismo rechazo a las reflexiones –¡ajenas a la realidad!– que hizo de Reagan, actor excesivamente mediocre, un magnífico Presidente de la nación más poderosa del mundo.
¿Crees tú de verdad, Laureano, que en Venezuela algún político haya alcanzado, aunque sea un ápice de esa “reflexión profunda sobre el destino del hombre”? Y, lo esencial, ¿crees que ese ápice sea compartido por algún segmento del país, única posibilidad de que Rosales o Rausseo lo encarnen, pues de lo contrario quedarían como ilusos o platónicos?
El problema, hermano, es que los conceptos sólo tienen sentido cuando aluden a la naturaleza, a los perros, caimanes y sillas; no cuando intentan captar las cosas que atañen al espíritu.
Definir la política o lo que “deber ser” un político, presupone creer que, en el plano de lo humano, la definición, esto es, la esencia de los entes, puede anteceder a su existencia; presupone creer que no es ésta la que prela o ¡priva! sobre aquella, una idea errónea que nos inculcaron Platón y Aristóteles.
La “definición” de la política, ¡en esta situación concreta y existencial que hoy vive Venezuela! podría ser más bien: “cualquier cosa que hagamos –lo que sea– para evitar que esta loquetera neocomunista acabe con el país”. Rechazar a Rausseo a priori, por chabacano, es negarse a asumir las presiones que la realidad existencial ejerce sobre nosotros, es no entender que a veces –cuando de la sobrevivencia se trata– “vale todo” y cobra sentido el “como vaya viniendo iremos viendo”.
Cuestión ésta, Laureano, que –por más abstracta que parezca– puede ser expresada en términos sencillos: Rosales y Rausseo tienen exactamente las mismas posibilidades de sacar a Venezuela de la barbarie chavista. ¡Porque ninguno de los dos tiene ningún proyecto serio de país y, mucho menos, una “reflexión profunda sobre el destino del hombre”! Y no tienen nada de esto, no por carencias suyas, sino porque los venezolanos no tenemos ningún cimiento sólido, ninguna estructura de valores compartidos, que nuestros políticos puedan encarnar.
Finalmente, hermano, esa idea tuya de la política, esa creencia en que los valores o los conceptos tienen algún sentido cuando se los separa o abstrae de la existencia, me ha evocado una escena que reforzó mi rechazo a la moral absoluta y a las definiciones dogmáticas. Hace un tiempo, debatía yo con un joven muy talentoso, pero muy aferrado a dichos valores absolutos.
El enfatizaba que la ética no puede hacerle concesiones a las circunstancias, pero el público –unas 300 personas– no parecía convencido. De repente el joven cambió de táctica: “Voy a poner un ejemplo que expresa el carácter absoluto de los valores.
Por favor levanten la mano los que piensan que Chávez representa la barbarie más primitiva”. De inmediato 300 manos se levantaron. “Muy bien, ahora supongamos que Satanás –es decir, la degradación extrema del espíritu– puede ayudarnos a salir de Chávez; levanten la mano los que están dispuestos a aceptar esta ayuda inmoral”. Nunca olvidaré el impacto que me produjeron aquellas 600 manos alzadas.
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