Fuimos testigo el jueves pasado del lanzamiento a la presidencia de la República de Teodoro Petkoff. Pero a solo días de este anuncio, las distintas corrientes de la oposición y la sociedad civil, se encargan de discutir lo que por los momentos pareciera ser más importante: La elección del candidato único.
Como a cada quien lo que le corresponde, hablemos de una de sus propuestas concretas: La apertura de un debate nacional sobre lo que sería una reforma al actual sistema (hyper) presidencialista, en pro de un sistema “parlamentario a la francesa”.
Sin entrar en detalles, ni en las especificaciones del sistema francés, se estaría hablando en primer lugar de la elección popular del Presidente de la República, por un período de cinco años (?), en doble vuelta, como lo hacen ya hoy en día la mayoría de los países democráticos de América latina y el mundo. Una vez elegido el jefe del estado y la asamblea nacional, el primero « nombraría » guiándose por la lógica correlación de fuerzas que exista en la asamblea nacional, a un primer ministro.
Las bases del modelo establecen que el presidente de la República se limitaría a representar los intereses de la nación frente a la comunidad internacional, y por supuesto dictar su política en esta materia. Igualmente cumpliría sus funciones de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, así como ser el máximo garante del Estado.
El Primer Ministro, que para no darle vueltas a la constitución pudiera ser, por que no, el vicepresidente, (¿un Rosales?), estaría entonces obligado a rendir cuentas de las acciones de su gobierno al parlamento. Digo el vicepresidente porque para que enredar al pais en un nuevo proceso constituyente. Esta figura que hoy resulta inutil puede, mediante una reforma, tener verdadera responsabilidad dentro del ejecutivo. Tendría a su cargo la dirección del gobierno, propondría el nombramiento y la remoción de ministros y se encargaría de promover y ejecutar las leyes aprobadas por la asamblea, entre otras funciones. Lo más importante sería su comparecencia regular (incluso semanal) ante el parlamento de manera de explicar, al resto de los representantes (del pueblo), su las políticas, y justificar ante estos, las acciones del gobierno.
Pero ojo, no basta con una repartición de competencias entre el presidente y el primer ministro (o vicepresidente). Es vital de igual forma, la restitución del Senado. Es este órgano el que garantiza un contrapeso en el poder legislativo, y evita que mayorías simples, producto de reformas en el reglamento, puedan aprobar leyes de carácter orgánico. De igual forma, el Senado se encargaría de autorizar, o no, los viajes del jefe del Estado… Cosa que en siete años ha sido inexistente.
Una propuesta de este tipo, cuando se hace con seriedad, y convicción de llevarla a cabo (no como, por ejemplo, prometer un puente hasta Margarita, o una base para el turismo espacial), representa una solución radical al principal problema de estos últimos siete años: La sumisión de todos los poderes y decisiones de un país al poder ejecutivo y al “juicio” de un presidente.
La crisis institucional del país (amén la política, la económica, la social, etc...) producto de los cambios hechos por la asamblea constituyente (la prolongación del periodo presidencial y la reelección, la eliminación del senado, la forma como se nombraron a los representantes del poder moral, la dependencia de las Fuerza Armada al jefe del estado, entre otras) es hoy insostenible, y debe ser sometida a una reforma seria, moderna y eficaz. Quienes en aquella oportunidad fueron elegidos para llevar acabo esas reformas, habrán pensado probablemente, que un ejecutivo fuerte era la solución para resolver los problemas de forma rápida y eficaz, evitando así los largos debates entre partidos y sus respectivas burocracias. Hoy vemos como las instituciones del Estado son casi inexistentes, y su superficial funcionamiento depende de las órdenes de una persona.
Falta mucho por recorrer, y lo que se perfila no es necesariamente esperanzador. Pero haciendo propuestas, sumando votos, y mirando hacia adelante es la única manera de cambiar nuestros destinos. Si el “parlamentarismo a la francesa” suena a capricho o demagogia, entonces que se propongan otras alternativas. Pero que se hagan. Bienvenidas sean entonces todas las propuestas para, que de una vez, podamos cambiar la historia de nuestro país.
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